
Tenía 18 años cuando tuve que dejar la ingenuidad infantil y darme cuenta que mi abuelo iba a morir irremediablemente de cáncer. Si tan sólo parece que fue ayer cuando observaba que mi papá hacia todo lo posible por reunir el dinero para operar al viejito Jerry, mientras yo soñaba al igual que mis primos que después de la operación el se iba a sanar.
Ahora que ya no está con nosotros pena me da el sentir que no estuve con él los momentos más difíciles de su enfermedad. No sé si fue miedo pero ese día que lo observe postrado en su cama, con sus ojos llorosos y delgado como una pluma, mientras yo trataba de fingir una sonrisa, el preguntaba susurrando “¿Quién es él?”, de golpe sentí a mi Tía Marcia diciendo “es el Rorro papá” y yo entre llantos contenidos le decía “Soy yo tata, lo vine a ver desde Santiago”. Esa fue la última vez que estuve con él, recuerdo que no converse mucho con él, sino que sin querer me aleje, trate de evitar ir a su pieza, no quería sentir el dolor de verlo así, quería recordarlo como ese abuelo alegre con el que jugaba a los naipes, el que me enseñaba a enfrentar mis problemas, el que una vez me dijo “Hijo, yo soy el hombre más orgulloso de que usted haya entrado a la Universidad”.
Pasaron los meses, yo acá en Santiago hastiado de tanta fiesta, gastando dinero, olvidando todo lo que sucedía a mí alrededor, dejando de lado a mi familia. Hasta que un sábado sonó temprano el celular, algo presentí, contesto y escucho la voz entristecida de mi papá “Rorry falleció el abuelito Jerry”, fue tan doloroso. Espere la hora de partida de mi bus, tome el metro hacia el Terminal para viajar a Angol, ya arriba del bus llega un mensaje a mi celular que decía “Pucha Rorro supe lo que pasó, lo siento tanto”, exploté en lágrimas, todos esos bellos recuerdos de mi abuelo junto con el peso de no haber estado con él en sus últimos días para despedirme con un “Te Quiero Tata”.
Llegue a Angol, abrazo a mi papá y le digo “se nos fue el Tata”, saludo a mis tíos, primos y llego donde mi abuelita que se veía muy tranquila sentada observando el ataúd, la abrazo con todas mis fuerzas mientras le digo “todo va a estar bien”, luego fue la misa donde mucha gente fue a despedirse de ese hombre que siempre decía las cosas a la cara, ese hombre que fue bombero, cartero y que con mucho esfuerzo dio educación a todos sus hijos, recuerdo la oración de Felipe mi primo mas cercano, la oración de mi Tía Marcia que fue la que estuvo con mi abuelo cuando murió y la brillante biografía que hizo mi papá.
Llego el momento final llegamos al cementerio todos los primos vestidos de riguroso negro y en nuestras manos claveles rojos, los que fuimos depositando uno a uno sobre su tumba, dando el último adiós. De pronto un sol destellante rompió las nubes como si algo celestial hubiese sucedido, como si fuese el mismo Jerry que nos miraba desde el cielo diciendo “Estaré Siempre con Ustedes”.
Ahora que ya no está con nosotros pena me da el sentir que no estuve con él los momentos más difíciles de su enfermedad. No sé si fue miedo pero ese día que lo observe postrado en su cama, con sus ojos llorosos y delgado como una pluma, mientras yo trataba de fingir una sonrisa, el preguntaba susurrando “¿Quién es él?”, de golpe sentí a mi Tía Marcia diciendo “es el Rorro papá” y yo entre llantos contenidos le decía “Soy yo tata, lo vine a ver desde Santiago”. Esa fue la última vez que estuve con él, recuerdo que no converse mucho con él, sino que sin querer me aleje, trate de evitar ir a su pieza, no quería sentir el dolor de verlo así, quería recordarlo como ese abuelo alegre con el que jugaba a los naipes, el que me enseñaba a enfrentar mis problemas, el que una vez me dijo “Hijo, yo soy el hombre más orgulloso de que usted haya entrado a la Universidad”.
Pasaron los meses, yo acá en Santiago hastiado de tanta fiesta, gastando dinero, olvidando todo lo que sucedía a mí alrededor, dejando de lado a mi familia. Hasta que un sábado sonó temprano el celular, algo presentí, contesto y escucho la voz entristecida de mi papá “Rorry falleció el abuelito Jerry”, fue tan doloroso. Espere la hora de partida de mi bus, tome el metro hacia el Terminal para viajar a Angol, ya arriba del bus llega un mensaje a mi celular que decía “Pucha Rorro supe lo que pasó, lo siento tanto”, exploté en lágrimas, todos esos bellos recuerdos de mi abuelo junto con el peso de no haber estado con él en sus últimos días para despedirme con un “Te Quiero Tata”.
Llegue a Angol, abrazo a mi papá y le digo “se nos fue el Tata”, saludo a mis tíos, primos y llego donde mi abuelita que se veía muy tranquila sentada observando el ataúd, la abrazo con todas mis fuerzas mientras le digo “todo va a estar bien”, luego fue la misa donde mucha gente fue a despedirse de ese hombre que siempre decía las cosas a la cara, ese hombre que fue bombero, cartero y que con mucho esfuerzo dio educación a todos sus hijos, recuerdo la oración de Felipe mi primo mas cercano, la oración de mi Tía Marcia que fue la que estuvo con mi abuelo cuando murió y la brillante biografía que hizo mi papá.
Llego el momento final llegamos al cementerio todos los primos vestidos de riguroso negro y en nuestras manos claveles rojos, los que fuimos depositando uno a uno sobre su tumba, dando el último adiós. De pronto un sol destellante rompió las nubes como si algo celestial hubiese sucedido, como si fuese el mismo Jerry que nos miraba desde el cielo diciendo “Estaré Siempre con Ustedes”.

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